Dedicado a la abuela Elisa.
Se refirió a ella como "tan guapa y andariega", y le di la razón.
Un sombrerito le cubría su nevada y cortita cabellera, y se lo ajustaba con una cinta que terminaba dibujando un delicado moño sobre su quijada. Y nada me había causado tanta ternura.
Quizás sean sus años, o su rostro, con esos ojos vidriosos, esas mejillas que me hablaban de amor. Su rostro era algo que no podía dejar de contemplar, pero su corazón, ay, su corazón. Se transparentaba a través de su piel, esa piel adornada con lunares y cicatrices que murmuraban de amor también.
Entonces, su corazón estaba ahí, se lo podía ver, claramente. Y dejaba de contemplar el rostro para admirarlo a él. No me van a creer, pero en serio se lo veía.
Si uno también miraba con su corazón.
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